El arte de guardar silencio. Ponderar la belleza
“Y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el Niño. Al ver la estrella, se regocijaron con gran alegría. Y al entrar en la casa, vieron al Niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra”.
Evangelio de San Mateo
Tenemos en este mes de enero la Festividad de los Reyes Magos, unos magos que, contemplando el cielo, siguieron el camino que les indicaba la estrella hasta llegar a la Cueva de Belén. Arrodillados y recogidos en silencio adoraron a Jesús-Dios, un Niño como cualquiera de los nuestros necesitado del apoyo, cariño, ternura y necesitado, también, de sentirse arropado por los brazos de sus padres, la Virgen María y San José. Todo un Misterio de Amor.
Los Magos nos dan un ejemplo del arte de guardar silencio ante la contemplación de la belleza. Un ejemplo que nos ayuda a agradecer las fiestas de Navidad en las que muchos padres, abuelos y nietos nos damos cita en torno al Belén de corcho, musgo y figuritas de barro para celebrar el Nacimiento de Dios. El bullicio ha entrado en nuestras casas: villancicos, poemas, regalos, conversaciones de sobremesa, brindis recordando a los que ya no están entre nosotros y, sobre todo, mucha ilusión y alegría por estar juntos. Probablemente, valorar la belleza de estos días nos ha ayudado a ponderar la importancia de la familia y de los vínculos afectivos que se crean en ella.
También se ha creado un ambiente propicio a la belleza gracias al trabajo de todos. Sin dedicar tiempo a las comidas festivas, a la decoración navideña, al esmero en hacer el pesebre con la colaboración de los pequeños, al esfuerzo por vivir las tradiciones que nos legaron, etc., no hubiera sido posible contemplar la bondad de estos días vividos en familia. Una contemplación que también nos recuerda –como cuenta el Génesis- la mirada complacida de Dios ante la creación. En el séptimo día, Dios, al ver que lo que había creado era bueno y era bello, descansó y contempló la obra creada de la nada.
Tú y yo también buscamos tiempo para la contemplación del trabajo hecho en casa para ser útiles a los nuestros, y del trabajo profesional hecho con pulcritud. Muchas veces las prisas nos restan tiempo de descanso para ponderar en silencio lo que tenemos y lo que vivimos.
Ponderemos y contemplemos, desde el interior de nuestro corazón, toda la bondad de estos días de Navidad, de las risas inocentes y de la vitalidad extrema que tienen nuestros pequeños y, también, de la sabiduría y silencios de nuestros mayores.
Y ahora, acompañemos a los Reyes de Oriente en su visita a Belén y gocemos en silencio del Misterio de Belén.
(Artículo mes de enero Revista Hacer Familia)
divendres, 17 de gener del 2014
divendres, 10 de gener del 2014
Ya nada será como antes
Ya nada será como antes
Es magnífico saber que mi futuro, el de muchas cosas y el de las personas que me rodean, en cierta manera, si bien aun en pequeña medida, dependen de la decisión que yo tome en cada momento.
VIKTOR E. FRANKL
Viví la primera infancia de mis hijos con toda la ternura y conocimientos de mis estudios de maestra; en su etapa adolescente hice todo lo que el sentido común y el amor me hacían ver y, al cabo de unos años, con los hijos ya maduros, contemplé el «nido vacío» con la esperanza de que cada uno de ellos viviera feliz su proyecto de vida. Siempre he valorado su autonomía y libertad. Ser abuela me ha hecho revivir con serenidad momentos de una belleza extraordinaria, a la vez que me ha supuesto un esfuerzo para adaptarme a cambios que me llevan a afirmar con toda sinceridad: «Ya nada será como antes, pero puede ser mejor si yo quiero».
Por esto os digo: «ya nada será como antes» y el futuro es un pequeño misterio, un misterio que podréis ir desvelando y construyendo con vuestra aportación y decisiones.
Han quedado lejos aquellas preocupaciones por el llanto del bebé que reclamaba su alimento, el calendario de vacunaciones, la emoción por el primer día de guardería o la inquietud por encontrar un «canguro» cualificado que resolviera la compañía del pequeño en aquella inoportuna fiebre que os hacía planificar de nuevo vuestras ocupaciones habituales.
Se han acabado aquellos días de alegría desbordante que compartíais esposa, marido, abuelos, hermanos y tíos al escuchar por primera vez unos pequeños sonidos guturales que os parecían palabras dirigidas a cada uno de vosotros, o aquellos otros en los que, con los brazos abiertos, animabais al pequeño a dar su primer paso.
No recibiréis ya aquellos abrazos y besos espontáneos en los que la boca abierta del bebé quedaba incrustada a vuestra mejilla y os provocaba una agradable sacudida de ternura inexplicable en vuestro corazón. Ni contemplaréis sus manitas regordetas encajando con seriedad – como si le fuera la vida en ello − un cubo dentro de otro, ni aquellos primeros dibujos que os hacían sospechar el nacimiento de un artista que perpetuaría vuestro apellido.
Vuestros hijos nunca más llorarán cuando salgáis de casa ni os recibirán, cuando regreséis, con aquellos chillidos y saltitos entre nerviosos y alegres en espera de vuestro fuerte abrazo, de que os cambiéis vuestra ropa de trabajo y dejéis vuestra cartera para jugar con ellos.
No volveréis a arroparlos en la cama, a contarles el cuento diario, la canción o los juegos que inventabais con el ingenio de vuestro amor, tapándole y destapándole la cabeza con la sábana simulando sustos, ni a darles el beso de buenas noches, ni a despertarlos por la mañana para llevarlos a la guardería somnolientos.
No volverán las idas al parque vigilando que no se trague la tierra del arenero, ni las pompas con la espuma del jabón a la hora del baño, las excursiones felices con bocadillos, ni aquellas tertulias con vuestros compañeros de fatigas a la salida del parvulario.
No gozaréis del poder que teníais para decidir qué ingrediente nuevo introduciréis en su alimentación, ni de que os obedezcan con diligencia al decretar la visita del parque temático con toda la familia. ¡El poder se ha terminado!
Y ¿dónde queda aquella época de oro de los siete a los diez años, en que vuestro hijo se hacía el bocadillo para la escuela, se organizaba la vida en casa sin hacer mucho ruido e iba a las actividades que habíais pensado con vuestro esposo sin ninguna oposición por su parte?
Aquella iniciativa y creatividad de las mil trenzas que hacíais en el abundante cabello de vuestra hija o a aquel corte de pelo de vuestro hijo, construyéndole una imagen moderna y atrevida, también las habéis perdido. Tenéis que reconocer que casi, casi, lo único que os producía un desasosiego serio era, a final de curso, la coincidencia del día de la fiesta del colegio con el campeonato del deporte de vuestro hijo, escogido entre todos con tanta ilusión.
¡Ya nada será como antes pero –si queremos- podrá ser mejor!
Nuestra historia y la de nuestro adolescente dependen de nuestra forma de actuar y de las decisiones que tomemos en este nuevo papel de madre o padre de adolescente.
FELIZ 2014, Año de la família.
diumenge, 15 de desembre del 2013
Compaginar el afecto con la autoridad
Compaginar el afecto con la autoridad
Compaginar el afecto con la autoridad
“Sé amable, cada persona que encuentras por el camino está librando su propia batalla.”
Platón
Madres y padres deseamos que nuestro hijo sepa que le queremos, que tenga un buen comportamiento, que sea respetuoso en un mundo cada vez más plural, que sea independiente y que tenga su personalidad con criterios firmes llenos de bondad.
Por encima de todo, también deseamos que sea capaz de ser feliz conquistando cada día su libertad tomando decisiones responsables.
Para conseguirlo, nuestro hijo necesita de una buena autoridad, no la autoridad del “mando y ordeno porque lo digo yo”, sino de una autoridad meditada y puesta a su servicio.
Nuestros hijos -como nos recuerda Platón- también libran sus batallas y los padres hemos de dar mucho afecto y amabilidad para acompañarles y hacernos obedecer, sin ahogar iniciativas. Ese afecto se concretará en la primera infancia en pautas, límites y rutinas, y, en la etapa adolescente en los horarios del tiempo de estudio, de la red, de las actividades extraescolares y de las salidas con amigos. Muchas veces, nuestro pequeño necesitará que se le insuflen ánimos con besos y abrazos y, nuestro adolescente, agradecerá – aunque no lo demuestre - una sonrisa, un toque en la espalda o un gesto amable para motivarle cuando algo le cueste.
Leí en una entrevista a Inés Sastre, modelo y actriz española, lo que respondía a la pregunta - “¿Eres una madre estricta?”: - “Sí, soy estricta, pero doy mucho afecto a mi hijo. Mantengo una cierta autoridad y mucha estructura. Creo que tanto los chicos como los adultos necesitamos afecto combinado con autoridad”. Me gustó y me inspiró el título de esta reflexión.
La autoridad se ha de basar en el testimonio y el prestigio de los padres, sin sobreproteger ni dominar con imposiciones arbitrarias que deterioren la autonomía. No se trata de contrariar continuamente a los hijos, ni de ser tan permisivos que obtengamos como resultado unos hijos “tiranos”. Actuemos con sentido común buscando hacerlo todo con cariño.
En la adolescencia, – etapa de especial rebeldía - convendrá mostrarles que personas muy valiosas como, por ejemplo, deportistas de élite que ellos admiran, han conseguido ser campeones después de muchas horas de entrenamientos y sudores, con constancia, voluntad y sacrificio.
Tener hijos obedientes no es un capricho, ya que enseñándoles a obedecer, les hacemos el favor de responsabilizarles y de que sepan hacer frente con decisión a las dificultades que tendrán que afrontar en el futuro. Nos relacionaremos siempre con ellos con una actitud positiva llena de simpatía, generosidad y afecto.
Compaginar el afecto con la autoridad
“Sé amable, cada persona que encuentras por el camino está librando su propia batalla.”
Platón
Madres y padres deseamos que nuestro hijo sepa que le queremos, que tenga un buen comportamiento, que sea respetuoso en un mundo cada vez más plural, que sea independiente y que tenga su personalidad con criterios firmes llenos de bondad.
Por encima de todo, también deseamos que sea capaz de ser feliz conquistando cada día su libertad tomando decisiones responsables.
Para conseguirlo, nuestro hijo necesita de una buena autoridad, no la autoridad del “mando y ordeno porque lo digo yo”, sino de una autoridad meditada y puesta a su servicio.
Nuestros hijos -como nos recuerda Platón- también libran sus batallas y los padres hemos de dar mucho afecto y amabilidad para acompañarles y hacernos obedecer, sin ahogar iniciativas. Ese afecto se concretará en la primera infancia en pautas, límites y rutinas, y, en la etapa adolescente en los horarios del tiempo de estudio, de la red, de las actividades extraescolares y de las salidas con amigos. Muchas veces, nuestro pequeño necesitará que se le insuflen ánimos con besos y abrazos y, nuestro adolescente, agradecerá – aunque no lo demuestre - una sonrisa, un toque en la espalda o un gesto amable para motivarle cuando algo le cueste.
Leí en una entrevista a Inés Sastre, modelo y actriz española, lo que respondía a la pregunta - “¿Eres una madre estricta?”: - “Sí, soy estricta, pero doy mucho afecto a mi hijo. Mantengo una cierta autoridad y mucha estructura. Creo que tanto los chicos como los adultos necesitamos afecto combinado con autoridad”. Me gustó y me inspiró el título de esta reflexión.
La autoridad se ha de basar en el testimonio y el prestigio de los padres, sin sobreproteger ni dominar con imposiciones arbitrarias que deterioren la autonomía. No se trata de contrariar continuamente a los hijos, ni de ser tan permisivos que obtengamos como resultado unos hijos “tiranos”. Actuemos con sentido común buscando hacerlo todo con cariño.
En la adolescencia, – etapa de especial rebeldía - convendrá mostrarles que personas muy valiosas como, por ejemplo, deportistas de élite que ellos admiran, han conseguido ser campeones después de muchas horas de entrenamientos y sudores, con constancia, voluntad y sacrificio.
Tener hijos obedientes no es un capricho, ya que enseñándoles a obedecer, les hacemos el favor de responsabilizarles y de que sepan hacer frente con decisión a las dificultades que tendrán que afrontar en el futuro. Nos relacionaremos siempre con ellos con una actitud positiva llena de simpatía, generosidad y afecto.
diumenge, 24 de novembre del 2013
Regalos para los nietos...
Cuando los abuelos llenamos de regalos a los nietos.
“Es necesario aprender a tener lo que necesitamos y
no únicamente lo que queremos”.
Paulo Coelho
Tenemos
crisis económica y las estadísticas de personas que están sin trabajo nos entristecen.
Hoy muchos abuelos sustentan familias mientras ven que sus hijos deben ir
llamando puertas para tener una colocación. A pesar de ello los abuelos siempre
han tenido una especial predilección por sus nietos y casi nunca son capaces de
negarles nada y caen en el defecto de llenarles de excesivos regalos.
He visto
preocupación en alguna madre joven al preguntar en un coloquio después de una
reunión con padres: “¿Y cómo tengo que explicar a mis suegros que no quiero
tantos obsequios?”
Os hago una
confesión. Al comienzo de ser abuela sólo pensaba en el regalo que gustaría más
a mis nietos. Si para mí me dolía gastar dinero, para ellos - que viven en otra
ciudad -, no tenía ningún remordimiento en comprar y en perder el tiempo para
elegirles ropa y juguetes.
Ahora que han
pasado los años puedo decir que aquello de parecer un mago que sacaba todo de
la bolsa lo hacía porque veía mucha ilusión,
pero al mismo tiempo había una gran parte de satisfacción personal y adquiría un protagonismo que no
beneficiaba la convivencia.
Si cuando vamos
a casa de los nietos, los pequeños preguntan: “¿Qué me traes?”, podemos
responder, más o menos, con alegría: “El mejor regalo que te traigo es que la
abuela o el abuelo te venga a ver”.
Algún
presente que regalamos a un adulto puede tener un precio irrisorio pero hace
feliz al que lo recibe, porque le recuerda alguna emoción o lo relaciona con un
buen momento. No hay nada peor que obsequiar por obsequiar o para quedar bien o
por compromiso, sin pensar en la sensibilidad de la persona que lo recibe. Lo
mismo nos pasa con el nieto, a veces hacemos un regalo que no es caro pero que
le reporta horas de juego compartido o alguna idea que ilumina su creatividad,
iniciativa y genialidad.
Los abuelos no queremos ser los mal criadores oficiales porque somos sencillamente, abuelos. Abuelos que saben rectificar si se equivocan y abuelos que saben que la mejor dádiva para los nietos es dar su ternura, experiencia y su tiempo.(Publicada en "Hacer Familia", noviembre de 2013)
divendres, 15 de novembre del 2013
Buscamos espacios de diálogo
Ver hoy esta imagen me recuerda la
edición de “Un extraño en casa”, editada por Viceversa, destinada a padres de
adolescentes, también en catalán, editado por Pòrtic (grupo 62). Es por ello
que os dejo el inicio de la introducción des reflexiones sobre la adolescencia
porque el punto central es conseguir la comunicación “a pesar” de Internet. (Y
gracias a Dios que tenemos).
Hoy es difícil comunicarse con los
hijos, y la convivencia se convierte en un rompecabezas de máxima dificultad en
el que es complicado encajar todas las piezas adecuadamente. ¡Nos ha salido
competencia!
Y es que ahora resulta que nuestros
hijos prefieren conectarse con los amigos de la Red antes que comunicarse con nosotros. Y los
padres abandonamos al primer ramalazo de nuestro hijo por no saber establecer
diálogos con esos adolescentes felices con sus auriculares en los oídos.
¿Cómo abriremos la puerta del diálogo?
¿Cómo conseguiremos que nos escuchen y cómo sabremos escucharlos? ¿Cómo podrán
interiorizar los valores que les queremos transmitir y que ellos también se
plantean, valores tales como la amistad, la bondad, la generosidad, el amor, la
responsabilidad, la autonomía o la libertad, si no podemos conversar con ellos?
¡No es fácil! Tenemos muchos
contrincantes en Internet y una solución muy pobre sería intercambiarnos
mensajes o chatear a través de
Facebook con ellos. Debemos buscar
otras alternativas más personales, a la vez que aceptamos, con naturalidad y
alegría, este instrumento del tercer milenio. No podríamos avanzar ni ser
eficaces sin asumir las tecnologías actuales con simpatía.
Procuraremos, en primer lugar,
conservar y fortalecer el vínculo afectivo que se creó en la etapa infantil de
nuestro hijo. Lo fundamental para comunicarse es el afecto que ya tenemos
ganado y que proporciona el clima de confianza óptimo. También nos esforzaremos
por comprenderlo y así despertaremos en el adolescente una aceptación y un
respeto crecientes.
Me siento capaz de transmitiros mis
experiencias. Me avalan la educación, compartida con mi esposo, de seis hijos
en todas sus etapas de crecimiento, los estudios de magisterio y de orientación familiar que
me ofrecieron la oportunidad de conocer en profundidad los temas que nos ocupan
y preocupan hoy, mis
conversaciones con padres y adolescentes para encontrar soluciones a sus
problemas de comunicación, el contacto regular con asociaciones, colegios y
escuelas de padres donde he impartido conferencias y sesiones de orientación
familiar. De todos he aprendido mucho, antes y después de los coloquios. En los
capítulos siguientes, leeremos, pues, algunas ideas, historias, anécdotas, vivencias
y algunas sugerencias prácticas.
En todo caso, Un extraño en casa está escrito con el objetivo de intentar
establecer una buena comunicación con los hijos cuando llegan a la
adolescencia, a pesar de las características propias de esta etapa y las
dificultades y presiones externas que nos irán surgiendo por el camino. Son
adolescentes y, como indica su etimología latina, adolescere, les falta algo para alcanzar esa madurez, y los padres
debemos ayudarlos a conseguirla.
dilluns, 21 d’octubre del 2013
Comprender las emociones del adolescente

“Comprender emociones del adolescente: empatía y consuelo”.
Comprender las emociones del adolescente: tener empatía y dar consuelo
Si eres paciente en un momento de ira, escaparás a cien días de tristeza.
Proverbio persa
Es seguro que las emociones que sentirá el adolescente serán mudables: un día estará triste y el otro eufórico.
Tiene la emotividad revolucionada y, si tenemos empatía, sabremos distinguir cuándo su problema es real y necesitará consuelo o cuando es pasajero para pasarlo por alto.
Nuestros hijos nos envían un mensaje: por mucho que le demos bienestar físico y otras compensaciones materiales, él quiere nuestro tiempo y no quedar abandonado en la habitación, a pesar de que lo acompañe la más alta tecnología y tenga la pared forrada de pósteres de sus ídolos preferidos.No demostraremos ni empatía, ni consuelo si ironizamos o si decimos rutinariamente: “ánimo”, “descansa”, “alégrate”. ¿Cómo podemos decir a un hijo que “se anime” si no le damos algún motivo para hacerlo? ¿O pedirle que “descanse” si ha de salir rápidamente para una competición? ¿O que “se alegre” si acaban de decirle en el instituto que no podrá pasar al bachillerato porque ha suspendido matemáticas y lengua?
Un amigo mío me comentaba que no había olvidado la fusión de sentimientos, palpable entre él y su hijo, cuando - sin cruzar una palabra - lo había abrazado muy fuerte a la llegada del funeral de un compañero de clase, muerto en accidente automovilístico: “...quedamos más estrechamente unidos aquel día en que yo compartí su dolor, que con las mil y un conversaciones que habíamos mantenido anteriormente. Comprendí que, en aquel instante, mi consuelo y soporte eran un punto importante en su vida en aquella situación de una gran pérdida inesperada. No era preciso hablar, mi hijo sabía que yo estaba a su lado. No estaba solo en el dolor, yo estaba con él de todo corazón, abrazándolo fuertemente con ojos llorosos y sin decirle nada.”
Los padres tendremos que comprender el idioma del adolescente para tener empatía y darle consuelo, este modo afectuoso que hace bien al alma y que se demuestra con pequeñas delicadezas que salen del corazón y que hacen visible nuestro apoyo y cariño hacía él. Lo necesita.
(De "Un extraño en casa", Editorial Viceversa)
dimarts, 15 d’octubre del 2013
La mesa en familia
La mesa en familia
Sentarse en la mesa para comer juntos
“Una buena conversación ha de agotar el tema que trata pero no ha de agotar a sus interlocutores”.
Winston Churchill
Muchos pensamos que sentarse a la mesa juntos para comer es un elemento de cohesión familiar y social y, al mismo tiempo, un buen elemento educativo. Es el momento de rehacer fuerzas, de reunión, de la tertulia, del descanso. La comida es también un espacio para la educación de los hijos donde no cabe tan sólo dar importancia a la manera de coger los cubiertos sino a valores como que el niño ceda la fruta que más le gusta a un hermano o a un invitado, a saber escuchar y no interrumpir o a esperar a levantarse de la silla hasta que todos hayan acabado. Paciencia, generosidad y esfuerzo quedan bien patentes en estos tres aspectos de la convivencia cotidiana. Paciencia que también ejercen los padres ante el alboroto que se origina por aquel vaso que siempre se vierte en el mantel.
Algunos recordamos la fábula de El festín de Babette, de la escritora danesa Karen Blixen, interpretada de manera genial por aquellos comensales que a pesar de no saber ni el nombre de lo que comían (menos el coronel) iban suavizando sus maneras de hablar, se dolían de haber enojado a los otros y se intercambiaban miradas de complicidad, de perdón y de amor hacia las dos hermanas que habían permanecido solteras para ocuparse de la comunidad que les había legado su padre difunto.
Nos resulta muy práctico tomar alimentos de la nevera y de manera rápida y comer desordenadamente con los consiguientes problemas de salud, normales cuando se vive tan deprisa. (Podemos ver el coloquio en el que intervenimos expertos en TV2 para profundizar en este aspecto en este link: http://www.rtve.es/alacarta/videos/para-todos-la-2/para-todos-2---debate---sentarse-mesa-para-comer/1330646.shtml
Ahora bien, ya que comer en familia es una buena herramienta de comunicación, deberíamos procurar cada día celebrar una comida juntos, con una cocina más simplificada y sencilla que la de los días festivos. Si estamos organizados seguro que no nos privaremos de esta reunión de padres e hijos con una breve sobremesa y sin artilugios digitales que dificulten la conversación.
Y, siempre seamos agradecidos con aquellas abuelas que transmiten las recetas tradicionales de su tierra y conservan la memoria de los fogones.
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