dimecres, 8 d’octubre de 2014

Educación sin respeto, es imposición


Educación sin respeto, es imposición

“Respeto no quiere decir miedo y sumisa reverencia, denota, de acuerdo con la raíz de la palabra (respicere: mirar), la capacidad de ver una persona tal como es, tener conciencia de su individualidad única. Respetar significa preocuparse de que la otra persona crezca y se desarrolle tal como es. De esta forma, el respeto implica la ausencia de explotación”.
Erich Fromm


Hace poco estaba dando una charla en una escuela sobre “Compaginar la autoridad-prestigio con el afecto-cariño”. En el coloquio pedí a los asistentes que me dijeran qué cualidad les parecía más importante para educar a los hijos. La mayoría nombraron el respeto.

Mafalda, en la imagen que ilustra la entrada de hoy, pide a su manera respeto por parte de su madre, y lo hace como sabe: levantando un poco la voz, porque se ve pequeñita delante de ella y tiene miedo de que no la va a escuchar…, en el fondo, ¡reclama respeto!

No podemos tener autoridad si no tenemos el respeto suficiente a cada hijo: cuando son pequeños dejándoles que tengan iniciativas y, más adelante, haciéndoles crecer en libertad y responsabilidad. “No se puede ser a la vez tirano y consejero”, dice Gandalf en El Señor de los anillos. Una frase como esa ya nos predispone a entender que no hemos de tiranizar a los hijos sino acompañarlos. Y la mejor forma de hacerlo es siendo muy respetuosos.

Nuestra libertad personal, bien que la queremos. Todos nos molestamos cuando nos presionan, nos controlan o nos quieren organizar. ¿Por qué no nos aplicamos el cuento y valoramos las diferentes maneras de ser de nuestros hijos para hacernos buenos amigos y consejeros de ellos, y no unos “mandamases”?

Si es necesario dar nuestra opinión para evitarles un daño seguro que lo haremos; pero si pretendemos ser personas prudentes y discretas no nos tendíamos que conceder el lujo de entrar en espacios que no nos corresponden, ni conviene que continuamente demos nuestro parecer al adolescente, al familiar, al compañero o al amigo. Los consejos se dan cuando nos los piden pero, a menudo, una mirada afectuosa es mejor que mil palabras y demuestra toda nuestra comprensión.

También es evidente que no hemos de ser unos padres que piensan que lo saben todo; con respeto escucharemos la opinión de los otros. No es conveniente andar tan seguros y prepotentes por la vida, de forma que parezca que no necesitamos nada de nadie (aquello de “a mí nadie me ha de decir cómo tengo que educar a mi hijo”). Si no sabemos escuchar nos equivocamos: puede que aquella vecina a la que le dejamos el niño cuando precisamos salir, sabe mejor que nosotros cómo juega y se comporta con sus amigos, y nos podría dar algunas ideas.

No seamos dogmáticos. Hoy, para convivir democráticamente con los que nos cobijamos bajo el mismo techo, tenemos que captar las distintas sensibilidades para no quedarnos con nuestros prejuicios, etiquetas o criterios desfasados sobre el día a día de nuestros hijos en la escuela o en el tiempo de ocio.



El respeto, el saber escuchar y aceptar la opinión de los demás, también serán para nosotros las cualidades más valoradas si nos proponemos vivirlas con constancia.

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